Lo que el dinero no puede comprar
La donación de órganos siempre me ha parecido una entrañable, a la vez que honrada, actitud del ser humano. Así mismo lo indica el propio nombre: donación. Cuando fallezca, me gustaría que mis órganos todavía útiles fueran utilizados por alguien que los necesite. ¿Acaso se me ocurriría ponerles precio a cada uno de ellos para que los que queden a cargo de mi herencia lo cobren? Ni se me ocurriría.
Hace poco, en la serie House of Cards, y sin ánimo de hacer spoilers, el presidente se encontraba muy cerca de morir. Se hacía vital conseguir un hígado nuevo si no quería perder la vida. Había una lista que marcaba el orden de recepción de órganos y una persona muy cercana al presidente movía hilos para que el orden cambiara y el presidente fuera el primero en recibirlo. Así ocurrió y el paciente al que habían mandado a la segunda posición finalmente fallecería.
Creo que en esa experiencia ficticia reside la fuerza de mi argumento: la posibilidad de vender un órgano, supone limitar el acceso a este, así como generar estratos a la hora de recibir un trasplante. Si Mariano Rajoy y yo necesitamos un hígado nuevo, ¿quién tendrá acceso a él primero en caso de poder comprarlo? No hace falta ni responder a la pregunta, ya que el dinero y el poder sólo se mueven en uno de los bandos.
Ahora bien, ¿y si viniera alguien y me ofreciera una importante cantidad de dinero por mi órgano, estando yo ante una mala época económica? ¿Sería capaz de sobreponerme al hecho de que quizás haya sido cómplice de la muerte de alguien que necesitaba con más urgencia ese órgano? Creo que mis valores me impedirían una mala praxis ética.
En cuanto a la maternidad subrogada, me parece que estamos hablando de cosas diferentes. En el caso de la donación de órganos estamos ante un caso de vida o muerte, mientras que en la maternidad subrogada la cuestión es vida o no vida, lo cual, en mi humilde opinión, cambia de forma importante las tornas.
Otra cosa es la ética de aquellos que llevan al negocio de la maternidad subrogada, cuyos valores éticos desconozco. Creo firmemente que un vientre de alquiler también debería ser accesible si ambas partes actúan de mutuo consentimiento. No se debería negar la posibilidad de tener un hijo “propio” a aquellos que no pueden conseguirlo por sí mismos.
Ojalá que como sociedad tuviéramos unos valores tan bien definidos como para establecer actitudes éticas básicas en situaciones como las mencionadas. En una sociedad sin codicia y sin abusos de poder, probablemente estos no serían ni tan siquiera temas de debate.
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